Dejemos que nuestra alegría esté donde está nuestro trabajo
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Jueves, 04 de Agosto de 2011 00:00
     Hace mucho tiempo había dos jarras. Cada una era llevada por el aguatero del rey, colgadas de los extremos opuestos de un palo. Una de ellas estaba hecha a la perfección, sin roturas ni rajaduras. La otra no era de vidrio sino de arcilla, con una rajadura en la base.
     A diario, el aguatero caminaba hacia el río y llenaba las dos jarras. Luego las llevaba al palacio. Una vez adentro, la primera jarra vertía todo su contenido en la cisterna del rey. La otra tenía poco para ofrecer ya que debido a sus roturas iba perdiendo agua por el camino.
     Abatida, la jarra rota rogó al aguatero:
     -Por favor señor, reempláceme. Estoy rota. Pierdo mucha agua y no puedo ofrecer tanto como la otra jarra. ¡Me siento avergonzada!
     El aguatero sonrió:
     -Echa una mirada a la colina que subimos a diario.
     La jarra obedeció. A todo lo largo del camino había flores silvestres.
     -Planté semillas mientras subía la colina –dijo el aguatero -. Y todas esas flores que ves han crecido gracias al agua que pierdes, pequeña jarra. Esas flores les gustan al rey y a toda la gente.
     Como la jarra en este cuento, si hace su trabajo con diligencia podrá apreciar el paisaje y ver las flores de confianza que ha plantado. No porque sea perfecto, sino porque es leal a su trabajo.
 
 
Y vosotros, hermanos, no os canséis de hacer bien.
2 Tesalonicenses 3:13
 
 
Tomado del Libro El Libro devocionario de Dios
Traducción: Grupo Nivel Uno, Inc.
 
 
 
Editor Agenda de Dios: Olman Rímola
 
 


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