| “No veo por qué cualquiera tendría que conformarse con algo menos de lo que Jacob obtuvo”, escribió Walker Percy, “quién realmente se aferró a Dios y no lo soltó hasta que Dios se identificó a si mismo y lo bendijo.
Muchos cristianos nunca se aferran a Dios. No saben, realmente que Dios los ama cariñosa y apasionadamente. Muchos teóricamente lo aceptan, otros de modo sombrío. Al mismo tiempo que su sistema de fe es vulnerable, su fe en el amor de Dios es remota y abstracta.
¿Cómo no adueñamos de Dios? ¿Cómo vencemos nuestra tristeza y aislamiento? ¿Cómo desarrollamos la valentía y generosidad para atesorar la firma de Jesús en las páginas de nuestras vidas?!Cómo, cómo, cómo! La respuesta viene irremisible y acertadamente: por la oración.
Cualquier otra cosa que sea, la oración es primordialmente un acto de amor. Más allá de cualquier consideración pragmática, la oración es una respuesta personal al amor de Dios. Amar a alguien implica el anhelar su presencia y comunión. “Pero su fama se extendía más y más y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades. Más él se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lucas 5:15-16). Jesús oraba primordialmente porque amaba a su Padre. Ser como Cristo es ser cristiano.
No importa cuán ocupados estemos, nos arreglamos para hacer tiempo para las personas que son importantes para nosotros. La prontitud para conscientemente ocupar tiempo con un amigo, es una afirmación silenciosa de su importancia para nuestras vidas.
Un padre se deleita cuando su pequeño, dejando sus juguetes y amigos, corre hacia él y trepa sus brazos. Mientras sostiene a su pequeño cerca de sí, no le interesa si el niño está mirando a su alrededor, si su atención va de una cosa a otra, o si queda inmóvil hasta dormirse. Esencialmente el niño ha decidido estar con su padre, seguro del amor, el cuidado, la seguridad, que se encuentra es esos brazos. La oración contemplativa se parece a esto. Nos aquietamos en los brazos de nuestro Padre, en sus amorosas manos. Nuestra mente, nuestros pensamientos, nuestra imaginación puede vagar de un lado a otro; quizás hasta nos quedemos dormidos; pero esencialmente elegimos permanecer por este tiempo en intimidad con nuestro Padre, entregándonos a Él, recibiendo su amor y cuidado, permitiéndole disfrutarnos como Él desea.
Una de las cuatro reglas cardinales en la oración es: ora como puedes; no ores como no puedes. Debemos encontrar nuestro propio modo de orar.
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
Mateo 7.11
Tomado del Libro Desayuno para el alma
Compilado por Judith Couchman
Editor Agenda de Dios: Olman Rímola
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Jueves, 21 de Abril de 2011 00:00
















