Elimina el “yo” de tus ojos
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Domingo, 13 de Febrero de 2011 00:00
     Existe una enfermedad que hace que la peste bubónica parezca un catarro común. Cuenta la tasa de mortalidad debido a infecciones, fiebres y epidemias desde el principio de los tiempos, y todavía te quedarás corto ante el número de afectados sólo por esta dolencia. Y, perdóname que sea yo quien te lo diga, pero tú también estás infectado. Tú sufres de eso. Eres una de las víctimas, un portador de la enfermedad. Tienes los síntomas y evidencias de la enfermedad. Eres uno de los casos de —sujétate fuerte— el egoísmo.
     ¿No me crees? Supongamos que estás en una foto de grupo. La primera vez que ves la foto, ¿a quién buscas? Y si has salido bien, ¿te gusta la foto? Si tú eres el único que se ve bien ¿te gusta más la foto? Si algunos han salido con los ojos cerrados o tienen espinacas en los dientes, ¿te sigue gustando la foto? Si eso hace que te guste más, eres uno de los casos más graves.
     Hablemos ahora de las manifestaciones físicas. Manos que sujetan con fuerza. ¿Acaso tus dedos toman y sujetan con fuerza alguna posesión? Dientes que sobresalen. ¿Te brillan los colmillos cada vez que alguien te interrumpe o cuando estás enojado? Pies pesados. Si el gato del vecino se te cruza, ¿sientes un deseo repentino de pisar el acelerador? Hombros extendidos. ¿Te dan deseos de palmearte tú mismo la espalda? Y el cuello. ¿Te duele por ir siempre con la nariz alta? Pero sobre todo, mírate los ojos. Estudia tus pupilas. ¿Ves una figurita pequeña? ¿La imagen de una persona? ¿Tu imagen?
   El egocéntrico ve todo a través de sí mismo. ¿Su lema? «¡Todo se trata de mí!» El horario de viajes. El tráfico. La moda. El estilo de la alabanza. El clima, el trabajo, el lugar del trabajo, todo se filtra a través del mini-yo que tenemos en los ojos. Egoísmo. Es algo terrible.
     Escucha las palabras de Santiago: «Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa» (Stg 3.16). ¿Quieres más pruebas?
     Examinemos un periódico. La edición de hoy. ¿Cuántos ejemplos de egoísmo encontraremos en las primeras páginas?
1. Una adolescente muere en un accidente de carro. Su novio fue desafiado a una carrera por las calles de la ciudad. Él aceptó el desafío y chocó el coche contra un poste de teléfonos.
2. La compañía petrolera más grande del mundo se acogió a la bancarrota. Sus ejecutivos sabían que el barco estaba haciendo agua, pero no dijeron nada hasta que hicieron grandes ganancias.
3. Un prominente ciudadano es encarcelado por pornografía infantil.
     El egoísmo es a la sociedad lo que el petrolero Valdez a la vida marina: mortal. Por eso no es de extrañar que Pablo escribiera: «No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás» (Fil 2.3–4, nvi). A primera vista parece que el estándar que propone este pasaje es imposible de alcanzar. ¿Nada? ¿No debemos hacer nada por nosotros mismos? ¿Ni comprarme un traje o un vestido nuevo? ¿Y qué de ir a la universidad o ahorrar dinero? ¿Serán todas estas cosas egoísmo?
     Podría ser, a menos que entendamos bien lo que quiere decir Pablo. La palabra que el apóstol usa para egoísmo tiene la misma raíz que las palabras conflictos y contiendas. Se refiere a una preocupación personal que lastima a los demás. Una arrogancia divisoria. De hecho, los escritores del primer siglo usaban la palabra para describir a los políticos que obtenían sus puestos mediante manipulación ilegal o a las prostitutas que seducían a los clientes, humillándose tanto a sí mismas como al otro.
     El egoísmo es obsesionarse consigo mismo, excluyendo a otros e hiriendo a todo el mundo. Velar por tus intereses personales es manejar tu vida adecuadamente. Hacerlo de forma que excluyas al resto del mundo, es egoísmo. «Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás».
     ¿Quieres tener éxito? Muy bien, pero ten cuidado de no herir a otros en el proceso. ¿Quieres lucir bien? No hay problema. Sólo no hagas que los demás luzcan mal. El amor no es egoísta.
 
 
 
Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
Filipenses 2:3-4
 
 
 
 
Tomado del Libro Un Amor Que Puedes Compartir
Autor: Max Lucado
 
 
Editor Agenda de Dios: Olman Rímola


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